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Crónicas por lo vagini

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Laruta sexshopea- León-

10/06/2013 | Comentarios: 0

En León desde la plaza San Marcos hasta la plaza de toros, ahora cubierta con en el nombre de León Arena, hice un paseo a pie siguiendo la orilla del Bernesga. Mañana fría y soleada, de color blanco crudo exenta de cosmética climatológica. Las aguas del Bernesga, de un color gris plomo trotaban con buen ritmo por el lecho del río. A veces, la corriente superaba un salto del río y caía como una lengua de agua en forma de peine de púas blancas que peinaba por un instante el remanso de agua que sin entretenerse discurría río  abajo. Las gentes que me encontré eran paseantes, algunos solitarios, otros jubilados formando grupo, algún vagabundo con la tez quemada por la intemperie, parejas de enamorados, uno al lado del otro, con las manos en los bolsillos, hablando entre sonrisas, un par de punkies sentados en un banco, uno con una cresta muy negra y otro con pelo corto  hablando de sus cosas, concentrados y formales. Al de la cresta le daba el sol y llevaba un calcetín gris arrugado que le cubría  el tobillo dejando un trozo de pierna delgada blanca sin protección,  el otro estaba en la sombra, en la parte oscura solo sobresalía su pelo rubio tostado aplastado sobre el cráneo que parecía que llevaba peluca. Los paseantes y los que estaban sentados adoptaban, en general,   una posición de cabeza, ligeramente inclinada.  Parecían estar dispuestos a arrancarse en cualquier momento, a embestir el aire frío. El ruido del agua  producía un efecto aislante, era como si una pared invisible neutralizara el ruido proveniente de la ciudad, y uno paseara dentro de un claustro rodeado de agua. El ejercicio de caminar producía un calor agradable en el cuerpo, pero  cuando parabas  el sudor cálido se enfriaba dejando una sensación de intemperie, como si la ropa estuviese agujereada.  Hacia el final del recorrido, cerca ya de la plaza de toros, unos chavales de un colegio hacían atletismo en su hora de gimnasia. Calzoncillos cortos y camiseta. Algunos fofos y boqueando como peces en una cuneta, con la cara sonrojada y tersa. Otros nervudos y ágiles. Una muchacha rellena seguía como una penitente dando bandazos con pasitos cortos, a un lado y a otro, esperando que se acabara aquel suplicio, mientras se oía el sonido de una ambulancia.    

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