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Crónicas por lo vagini

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La ruta sexshopea- Viaje-

15/06/2013 | Comentarios: 0

Me levanté temprano, a eso de las seis y media, y salí de la masía con el venerable mercedes benz  rumbo a la estación de Sants de Barcelona para coger el ave que sale a las 10h de la mañana con destino Madrid. No me gustan las prisas.  Tengo que cruzar Barcelona para llegar a la estación y siempre puede pasar cualquier imprevisto. Llegué sin novedad a Sants para poder  desayunar tranquilamente en una de las cafeterías y esperar relajadamente  la hora de la salida. Los de pueblo, a la hora de viajar, siempre tendemos a llegar  con mucho adelanto a esos sitios feos,  fríos, amenazadores, antipáticos y caros que para mí son aeropuertos y estaciones, pero es la única forma de llegar sin angustias. Mientras esperaba, ya en el andén, junto con los demás viajeros el tren ave procedente de Vilafant -la megafonía renfe pronuncia  Vilafant en un lapao  castellano-catalán francés- cerca de la marca del vagón número ocho, que era el que me correspondía,  me fijé por azar en tres personas, dos hombres y una mujer, más bien jóvenes. Uno con barba recortada y gafas; el otro delgado y serio, la chica con falda de tubo color azul oscuro, medias blancas, pelo negro rizado  y con gafas. Llevaban  carteras colgadas al hombro y el hombre más delgado ordenador. Oí  que iban a Zaragoza. Mi impresión fue que eran políticos, y que iban en comisión para alguna reunión o encuentro terminado en  restaurante.  En el vagón  la chica se sentó en el asiento de pasillo inmediatamente posterior al mío, y los dos hombres ocuparon los asientos paralelos al suyo,  al otro lado del pasillo. El tren salió puntual y nadie ocupó el asiento contiguo al mío. Me quedé dormido. Después de la estación en medio de la nada de camp de Tarragona, empecé a despertarme. El hombre de la barba recortada y gafas hablaba pausadamente con una voz algo aguda y  bien modulada. Sus palabras me llegaban perfectamente. La chica aprobaba todos los comentarios y observaciones que iba haciendo. Por lo que entendí, además de que el barbudo era su superior, estaban realizando un trabajo en  grupo. Pero un elemento de dicho grupo les había salido rana. Una manzana podrida, vaya. La chica tenía un leve acento gallego y  comentó que tenía contactos con las autoridades de una región o común de Italia,  lo cual alegró mucho a su interlocutor barbudo, por abrirse una  posibilidad de perspectivas interesantes. Después la chica volvió al tema problemático del grupo.  Lo que creaba el  mal estar  era la falta de  información.  Pero, según dijo, ella  estaba enterada  de cómo iban las cosas para dar la información a  los demás miembros del grupo, y que  el problemático manzana podrida se guardaba en exclusiva para él. El  barbudo dijo que de todos modos habría que tener una reunión. Me volví a quedar medio grogui en la cuna del asiento y cuando  emergía de nuevo a la vida, el de la barba seguía hablando dale que te pego y ella  respondiendo en el dulce acento gallego. Quizá, no sé, estaban metidos en un ritual de apareamiento.< Cuidado con… –un nombre y apellido inglés- que es un genio y también un mal bicho eh? > advirtió taxativo y seguro de si mismo el hombre de la barba. Pero, eran tres y solo se escuchaban dos voces. Desde mi cuna observé por el rabillo del ojo al tercer hombre, el del ordenador. Estaba sentado en el asiento de pasillo y su persona  se interponía entre la chica y el hombre de la barba parlanchín. No había  intervenido para nada durante la conversación de sus colegas y estábamos a punto de llegar a Zaragoza Delicias. Allí permanecía perfectamente sentado. A un nivel de convidado de piedra. Serio, la espalda recta, los brazos paralelamente colocados a ambos lados del torso, vista lejana al frente, como perdida sin concretar. Ausencia de espasmos y respiraciones convulsivas. Solo una leve sonrisa, de vez en cuando, para  dar a entender que se solidarizaba con sus compañeros; y me imagino que también obligado por las leyes de la sociabilidad de marras. Al llegar a Zaragoza la chica de acento gallego recogió un papel de el suelo del vagón y se lo dio al hombre de la barba < toma! que luego dices que los de la autónoma té deben dinero> El convidado de piedra retorno a la plasticidad de la carne y también se levantó sin decir nada y siguió a sus dos compañeros hacia la puerta del vagón. En mitad de todo eso, el viajero de delante  mío, comercial de baterías de automóviles, intentaba endilgar un cargamento a un mecánico cliente suyo < En invierno y en verano es cuando se cambian más las baterías. Además estas no se tienen que cargar cuando las instalas. Yo me las quedaría todas.!  >    El tren partió de nuevo y yo quedé nuevamente planchado. Entre sombras escuché una conversación telefónica proveniente de los asientos delanteros. Una voz bonita y femenina hablaba en catalán a través del móvil. Después esa misma voz volvió a hablar  en un inglés perfecto y fluido a través del móvil. Intenté comprender algo de la conversación, pero no pillé nada. Solo el good bye de despedida. Que miseria más negra la mía. Ya después de sobrepasar la otra estación en la nada de Guadalajara Yébenes  una señora con voz aterciopelada y grave, de galán de cine antiguo, respondió a la llamada de su móvil. La señora era larguirucha, rubia con el pelo corto. De edad madura pero vigorosa. Quedaban pocos rasgos de feminidad en su rostro. < Esta noche voy al Español, a la salida podemos vernos, darte un abrazo y beber una copa. Hace tiempo que no nos vemos. ¿Que marcháis para Miraflores? No, yo mañana quiero ir a la exposición de Giacometti en la Mapfre > El tren llegó a Atocha. Calor fuerte. Pillé un taxi en la parada para ir al teatro Fernán Gómez. Al arrancar, un coche nos cierra el paso por dos veces consecutivas. El taxista, claro, se enerva. < Le ha cogido manía> le digo por decir algo. < ¿Verdad? ¿Lo ha visto usted? Pero hay que estar tranquilo > Enfilando el paseo del Prado, vi a la señora rubia y larguirucha caminando por el pavimento central, ligeramente encorvada  arrastrando el maletín de ruedas. Parecía realmente una figura de Giacometti.                                 

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