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Carta de Albert Boadella a Albert Om

Respuesta al artículo del periódico Ara del 22 de septiembre

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11/10/2012 | 13:23

Estimado ex paciente Albert Om,

En primer lugar le pido excusas por la tardanza en contestar su carta pues mi trabajo actual se halla algo alejado del día a día psicoterapéutico que tantos años me tocó ejercer en su comunidad de pacientes. Mis actuales conciudadanos no requieren este tipo de servicios por lo que mi labor se halla actualmente en otros terrenos al margen de la frenopatía. Como es publico y notorio, tuve que alejarme de su comunidad de internos pues el aumento de patologías étnicas era de tal magnitud que entrañaba ya riesgo de contagio para los facultativos escénicos que, como es mi caso, llevábamos tantos años ejerciendo en la comunidad regional de afectados.  No obstante, puede usted dirigirse a mí siempre que lo considere oportuno sin necesidad de hacerlo públicamente en el boletín oficial de los internos que ahora denominan Ara.

Una vez analizados los términos y argumentos de su carta, debo confesarle que observo con pesar la poca incidencia que obtuvieron mis métodos terapéuticos en su persona y por consiguiente, en el conjunto de pacientes regionales. Admito humildemente el fracaso aunque también es cierto que tratándose de brotes epidemiológicos de esta naturaleza solo es posible un tratamiento de choque que pueda impedir a tiempo el contagio general. Resulta obvio que ante semejante propagación de la enfermedad ya solo es posible el autoaislamiento que ustedes con términos menos científicos llaman autodeterminación.

Sin embargo, permítame que le exprese mis inquietudes ante esta nueva evolución de la patología colectiva, la cual los especialistas tenemos clasificada dentro de las nostalgias tribales y cuya consecuencia inmediata es la finem realitas lo que en términos comunes significa: disminución aguda del sentido del ridículo. Dado que la sintomatología de la enfermedad siempre se ha manifestado como paranoia crónica sobre la comunidad vecinal que les rodea (españoles) es fácil deducir que una vez llegados a la fase de autoaislamiento, y desaparecida ya cualquier relación con el sujeto provocador de la patología, el brote paranoico no solo no cese (que para eso es paranoico) sino que concentre toda su virulencia entre el propio colectivo de internos. Este futuro cuadro clínico augura un panorama muy inquietante por la violencia que ello supondría entre la propia comunidad de pacientes en caso de no reaccionar positivamente al régimen de autoaislamiento regional. El cuadro clínico resultante podría conducir a la intervención de un equipo internacional de celadores para erradicar la virulencia y belicosidad en las relaciones entre internos, tal como ha sucedido en otras comunidades contaminadas por epidemias de esta naturaleza.

También me veo obligado a comunicarle que la hipotética desaparición de la paranoia compulsiva entre los afectados no significa el restablecimiento definitivo de la salud mental ya que pueden derivarse daños colaterales en el terreno de la depresión. Eliminada la tensión paranoica colectiva, es previsible que el vacio generado por una dolencia étnica que lleva más de un siglo instalada, provoque una caída radical de la serotonina y los consiguientes trastornos bipolares. En lenguaje común sería como una depresión post parto. En este sentido, me permito aconsejarle, estimado ex paciente, que dadas sus buenas relaciones con el interno Mas, representante del colectivo autogestionario de afectados, adquieran urgentemente un abastecimiento masivo de Prozac para hacer frente al abatimiento, frustración o posibles impulsos suicidas que puede desencadenar en la comunidad autoaislada un cambio tan radical en los episodios psicóticos.

Le deseo a usted y a todos los internos una pronta recuperación pues su curación también representaría mi retorno profesional que tanto parece desear, pero esta vez, sin correr riesgo alguno de contagio.

Reciba un cordial saludo y el deseo de un pronto restablecimiento de su salud,

Albert Boadella
Terapeuta público

Ps.  En su carta hace usted una mención que considero poco adecuada referente al colega Don Jiménez Losantos. Debo recordarle que se trata de un eminente terapeuta que trabajó en momentos difíciles durante los inicios de la epidemia y que ustedes los pacientes, no solo no agradecieron su desinteresada colaboración sino que despreciando todo tratamiento preventivo, lo ataron a un árbol y le pegaron un tiro en la rodilla. Es comprensible que este facultativo desplazara posteriormente su labor a otro lugar más oxigenado y menos afectado por esta clase de dolencias.  

Comentarios

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